22 Noviembre, 2017

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El buen lector

El buen lector

Por Henríquez |

                                                                                                                                                                                                                                                “Cuando lee una vez / lee dos veces.”

Escribimos cual grafiti en la columna anterior que a veces la literatura se plantea mentir, ser ficción, y termina diciendo la verdad. ¿Qué verdad? Arriesgo una respuesta: verdad humana. La que no pierde valor de un día para otro. La que no es noticia (al menos no la que estamos acostumbrados). Ya Pound lo talló en piedra hace casi un siglo: “la poesía es la noticia que nunca deja de ser noticia”.

La literatura es todo lo contrario a la “baratija chillona”, continuaba diciendo el viejo Ezra. El arte es lo opuesto a generar un falso sentido común basado en la desinformación. Por eso Victor Elidio Jara compuso: “Es difícil encontrar / en la sombra claridad / cuando el sol que nos alumbra / decolora la verdad”. De aquí la suma importancia de mantener viva la poesía y, desde ya, apoyar a los medios populares de comunicación que, en estos tiempos, más que agua clara son oasis.

En distinto sentido Boris Doval solía decir que la función del poeta es desinformar. Elliott Smith, de parecida forma, cantó A distorted reality is a necessity to be free. Ya sea poema o canción, el artista no crea su obra -digo yo- para distorsionar la realidad. Lo hace porque más allá del tema en particular (y de cómo lo trate, que es la clave) el poeta lucha contra el flujo de información falseada; para devolvernos (tal vez como quería Artaud) al lenguaje del cuerpo, de las emociones, de la vida. Romper el automatismo, pensaban los formalistas rusos. Provocar el extrañamiento. Encontrar junto a Roberto Santoro, que “la estética / ética est”. Y nunca perder de vista que la literatura es juego. Si el lector llega hasta la última página, el autor gana. (Y el lector también.)

Ocurre un caso real que particularmente me llama la atención: El diario de Ana Frank. Un libro bastante curtido, uno quiere creer (y hasta por un rato lo cree), pero dicha sea la verdad, no es así. Trece millones de personas, en 55 idiomas, es mucho, muchísimo. Pero en comparación con el total de la humanidad, nada: apenas el 0,2%. Si las estadísticas actuales son ciertas, el 82% de la población con más de 15 años está alfabetizado. Lo cual nos habla de cuán poco se lee en el mundo, sin contar que la mayoría de lo que se consume es super diseñada basura comercial o el pescado podrido de los grandes medios.

En aquel verano de 1943, aun felices y fieles a su costumbre, los nazis asesinaban a millones de personas, provistos de aquella insaciabilidad propia del principio persecutorio. La familia de Ana estaba en la lista negra y se tuvo que exiliar. Ya en Amsterdam, durante dos años los Frank se ocultan clandestinamente en el edificio de unos amigos. Dentro de un escondrijo (achterhuis o “habitación de atrás”), al que se accede por una puerta secreta, cohabitan 8 personas. Los problemas son innúmeros:  “cada uno enfrenta sus nervios como puede”. Las precauciones, miles: no dejarse ver, no hacer ruido. “Esto significa el hambre” dice Ana “pero todas estas privaciones no son nada comparadas con el horror de ser descubiertos”. Como contrapartida, la visita de sus amigos, esperar el fin de la guerra (susurrado por la radio), o la llegada de algún regalo (un cubito de azúcar). En este terreno surge el florecimiento de una voz honesta, que se cartea pensamientos, miedos y sensaciones, con Kitty (así llama a su diario). Apenas sueña con ser escritora y termina creando la novela más representativa de la segunda guerra mundial. “Tú no puedes, no debes considerarme como una niña de 14 años, porque todas estas miserias me han envejecido”, escribe Ana.

Lo más curioso del caso -lo literario, para mí- es que si bien uno sabe perfectamente que Ana Frank muere (de tifus, en el campo de concentración de Bergen Belsen, días antes de ser liberado), a medida que leemos El diario tenemos la profunda intuición de que Ana se va a salvar. Casi leemos como esperando que otras palabras aparezcan, que la literatura transforme la Historia y alcancemos una perspectiva más esperanzadora, menos horrible… Pero esto no ocurrirá, reflexiona la autora: “Los hombres han nacido con el instinto de destruir, de masacrar, de asesinar, y de devorar”. Ciertamente, el diario está inconcluso. Esa última marca es la muerte.

Sin embargo, la palabra sobrevive. Rescatado por Otto Frank -padre de Ana y único superviviente de la familia al Holocausto-, El diario fue publicado como testimonio verídico de un Horror que sólo se somete a la Memoria. Tal maravilla pareciera ser suficiente, mas nunca alcanza. El combate continuó luego contra los negacionistas. Y la batalla real contra el fascismo sigue hoy, día a día, desde este tipo de libros, donde lo positivo también es el estilo: simple, vital, cercano. Moderno, en el buen sentido. No pretende grandes conceptos y sin embargo los logra. Bitácora de una niña, capitaneando la escritura en medio de la tormenta.

En un prólogo a la sexta edición de julio de 1960, un tal Daniel Rops, escribió: “es imposible evocar sin pena este fino rostro entregado a las sombras”.   Y, quizás, la sombra de ese rostro sea una precursora borgeana del poeta de los aniquilados, Paul Celan, cuando este escribía “para que se conserve un signo, y sea llevado, a través de la tiniebla”.

 

HEN,  15.9.2016

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