22 octubre, 2019

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Opinión | Un llanto, un sábado de agosto, dos madres

Opinión | Un llanto, un sábado de agosto, dos madres

Por Hugo Elías | 

Las dos aletearon su mano derecha espantando la tristeza, cerraron con fuerza los ojos y la boca, pero no pudieron parar las lágrimas.

Una, mi madre postiza sin su permiso, en la biblioteca popular del Barrio Carlos Gardel.  Menuda, gigante, poderosa, con sus ojos vivaces, brillantes, su cabeza coronada con el pañuelo blanco que resume la lucha inclaudicable de 40 años. Llega con su bastón y la castigada, resistente plaza de la Gardel la abraza como siempre el pueblo las abraza. Todas las plazas son de ellas.

Otra, mi hermana postiza, también sin su permiso, compañera presidenta, amada por los pobres y odiada por los ricos, una multitud la mira, le canta, habla de nuestros sufrimientos claramente para que todos entendamos. El campus de Periodismo de La Plata la abraza, le muestran que les devolvió la esperanza.

Las dos son madres, a una los dictadores asesinos le arrancaron a Gustavo. El dolor hizo nacer un ser incontenible junto a sus compañeras de pañuelos blancos, buscando hijas e hijos. Inabarcable hasta inexplicable en sus 89 años transformó el horror de esperar y no saber, en lucha colectiva que se convirtió en amor de madre para los 30.000 y también para millones de impedidos de vivir digna y humanamente.

Siempre está junto a los expulsados, a los que luchan, a los olvidados, su sola presencia ilumina y se ilumina cuando mira a los vecinos jóvenes y mayores en esa plaza villera.

A la otra, dirección política, estadista brillante, perseguida hasta el cansancio, humillada con mentiras y bajezas, entregada a la difícil tarea de buscar la felicidad del pueblo tocando los intereses de los poderosos de siempre, los que hoy buscan la venganza porque osó desafiarlos en nombre de la justicia y la igualdad. Su amor Néstor dejó su vida en este intento, ella lo continuó con su dolor a cuestas, entonces la maldad del enemigo buscó a sus hijos para desesperarla, no pudieron, el pueblo a ella también la abrazó. “me siento responsable” del dolor enfermo que tiene Florencia.

Claro que no son lo mismo Norita y Cristina, los que sí son los mismos son aquellos que las hacen llorar por sus hijos. Los mismos que desprecian al pueblo, por eso son nuestras. Contamos con ellas, son historia viva de nuestras caídas y de nuestros logros.

También, por este sábado de agosto, son mías como yo de ellas, y hubiera querido ser una de esas lágrimas para acariciarles la mejilla.

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