12 julio, 2020

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Opinión | El otro virus

Opinión | El otro virus

Las desigualdades que se hacen más profundas y evidentes con la pandemia, el dispositivo mediático tradicional que juega más fuerte que nunca y la necesidad de nivelar un escenario cada vez más complicado para el Gobierno. 

Por Gonzalo Zurano (@zuranog) | 

La pandemia del Coronavirus hizo que fueran aún más evidentes las profundas desigualdades que existen en nuestro país. Desigualdades que no son nuevas y que se explican revisando la historia. Disminuyen o se agravan, se enuncian o se ocultan, según las intenciones y la pericia de los gobiernos de turno.

Durante el periodo que le tocó gobernar al macrismo, estas desigualdades crecieron de manera abrumadora pero se ocultaban o se le imputaban al gobierno anterior, o incluso al siguiente. En el actual gobierno, esa desigualdad se enuncia, y al menos se expresa un deseo, una decisión política de transformarla en mejores condiciones de vida.

Ese sólo cambio ya es significativo y esperanzador. Pero existe otra diferencia que es vital para cualquier análisis que se quiera hacer sobre el presente. Entre 2015 y 2019 el poder real de la Argentina había puesto a un hombre suyo a manejar los destinos del país. Hoy en la Casa Rosada hay un gobierno que debe elegir si negocia, acuerda o confronta con dicho poder.

Pero a este Gobierno, además, le tocó gestionar en medio de una crisis mundial provocada por una pandemia.

El sólo hecho de la diferencia ética que implica enunciar la desigualdad y aclarar que ésta no puede ser tolerable, enfrenta al gobierno de Alberto Fernández con ese poder real acostumbrado a presionar, poner y hasta sacar presidentes y al que no le molesta la idea de amasar fortunas en un mar de pobreza.

A pesar de la derrota macrista y del triunfo del Frente de Todos – hace poco más de seis meses-,  ese poder real no perdió capacidad de daño. Esos grupos concentrados – oligarquía nacional- siguen siendo muy capaces de poner restricciones al Estado, de imponer condiciones a cada administración y sólo los Gobiernos con base en el apoyo popular y con firme decisión política pueden no sólo desechar esas presiones sino también avanzar en la afectación de ciertos intereses particulares o sectoriales en beneficio de las grandes mayorías.

Claro que el poder tiene un dique construido especialmente para que eso no suceda: ese dique son los medios masivos de comunicación, concentrados en un puñado de grupos económicos, agentes del statu quo.

Banksy

Desde las grandes antenas de algunos medios masivos se disemina el virus de la ignorancia y la opinión pública también va siendo impregnada, colonizada. Esa es la verdadera “infectadura”.

Las señales cumplen su misión, y un trabajador, un comerciante barrial o un profesional independiente que viven en el conurbano y pueden acceder a ciertos bienes y servicios, enseguida dejan de identificarse con sus vecinos y creen que compartiendo los prejuicios y los pensamientos de las clases altas y aposentadas, estarán más cerca de formar parte de ellas. Entonces pueden estar en contra, por ejemplo, de un impuesto a las entidades financieras, de la intervención estatal en una empresa estratégica que estafó al país, o de avanzar en un esquema redistributivo con base en reformas tributarias progresivas.

Las antenas y los satélites no dejarán de irradiar el otro virus, su alcance cada vez será mayor, y no parece haber nadie con intención de desafiarlas, quizás porque allí es donde reside el poder, o por donde se expresa, ataca y se defiende.

En este contexto, sólo queda la esperanza en la política como herramienta de cambio, en el poder de la población de hacer una lectura crítica de lo que pasa a su alrededor, en la apuesta a una comunicación alternativa que no sea una mera reproducción de la desigualdad sino que logre ser capaz de constituirse en una verdadera opción.

En este plano, el Gobierno está llamado a cumplir un rol fundamental. Porque aunque entienda que no es momento de discutir la posición dominante y claramente contraria a la democracia de algunos grupos de medios, podría ver la necesidad de contribuir a una oferta informativa más plural, más amplia e igualitaria, apoyando e impulsando alternativas en ese campo.

No afectar con ningún recurso legítimo al dispositivo mediático existente, y a la vez no intentar nivelar el escenario creando condiciones para el crecimiento de otros dispositivos alternativos, es muy riesgoso en un contexto que se presenta cada vez más difícil.

Habrá que seguir combatiendo al virus del Covid-19 y al que diseminan esas antenas.

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