15 agosto, 2020

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Pueblos del agua

Pueblos del agua

Por Ariel Guallar | 

El mundo musulmán, que incluye a grupos no homogéneos como árabes, moros y bereberes (incluyendo un caldo de cultivo proveniente de Persia, China, India, Egipto, África, Grecia y Bizancio), ha tenido una influencia mayúscula en la cultura hispana en particular, y en la occidental a gran escala. No en vano su presencia fue poderosa durante 8 siglos en la península ibérica, y su legado es abundante y generoso. Desde los números arábigos (nuestros números de todos los días) hasta los más de 5.000 vocablos que como superestrato lingüístico han aportado al idioma español, la herencia islámica en nuestra vida es indudable.

En literatura, es Cide Hamette Benegeli, un narrador moro, quien cuenta la mayor parte de la historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Es Miocid, el mayor héroe épico de España, cuyo nombre incluye el término “Cid”, que en árabe significa señor. Este guerrero de la cristiandad, de quien se cuenta mató moros a diestra y siniestra, era respetado, según se desprende de la lectura de esta epopeya medieval, incluso por los reinos árabes. Además, no olvidemos que las jarchas, esas breves piezas de “literatura oral” generalmente amorosa o cotidiana, de origen mozárabe, compuestas por poetas judeo-arábigos, están en las raíces de la poética hispana.

Recordemos también las traducciones árabes que recuperaron para occidente la cultura clásica y devolvieron la estatura a filósofos como Aristóteles. Son clave autores como el médico y sabio Avicena, o el mismísmo filósofo Averroes. Pensemos también en los adelantos sobre la disciplina histórica desarrollados por Aben Jaldún, cuya fuerza precursora se adelanta en varios siglos a los estudios europeos, mediante su teoría del conflicto social. Fue él, creo, quien con otras palabras sintetizó el devenir de los imperios: “todo lo que sube, baja”.

Y cómo pasar por alto las Mil y una noches, serie de relatos que tuvo una influencia notable en la literatura occidental, y de la cual se desprenden heroínas como Sherezade (precioso nombre), y héroes tan conocidos por todos nosotros como Simbad, el marino, o Alí Babá, aquél de los cuarenta ladrones y su cueva que se abría al dicho de “ábrete sésamo”. Se descuelgan de esta obra de tan bello título (las mil y una noches, de mil y un historias enmarcadas por una narración para salvar la vida) objetos como la alfombra voladora, la lámpara de Aladino, la suerte mágica de los genios que conceden deseos, y la larga fila de nómadas que cruzan un desierto interminable, poblado de espejismos y escaso en oasis.

 

Tal vez sea por algo de esto que los pueblos árabes aman el agua. Sus fuentes de agua son prodigiosas. El alcázar de Sevilla es presentado en el Miocid como un milagro de la arquitectura, la ingeniería, en combinación de belleza humana y natural. Los jardines y patios árabes eran reconocidos con alabanzas (palabra morisca, como casi todas las comenzadas con el prefijo “-al”). Lo mismo sus perfumes, coloridos tapices, confortables alfombras, hermosas telas, mullidas almohadas, almohadones y cojines, y todo tipo de lujos y sofisticaciones que eran prácticamente desconocidos por el mundo europeo. Los musulmanes eran un pueblo del agua, les gustaba bañarse y mantenerse limpios, y su entorno en las clases más elevadas era mucho más cómodo y suntuoso que el de los fríos y ásperos castillos europeos.

Escribo todo esto desde la memoria y la intuición, tomando al azar algunas cosas que aprendí leyendo las citadas obras, lo que recuerdo de las clases de Gramática Histórica a cargo del profesor Alberto Guerido, y otras de la universidad. Todo lo cierto y bueno proviene de allí. Los errores o imprecisiones corren por mi cuenta. He leído algo, he estudiado un poco, y lo he evocado. Y más allá de todo lo que pueda criticarse a estos pueblos, puedo ver en el brillo del agua la maravilla de la antigua influencia del mundo islámico en nuestras vidas, y las de nuestros antepasados.

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