01 marzo, 2021

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#Entrevista | Una cantora del oeste

#Entrevista | Una cantora del oeste

Por Ariel Guallar | 

A rita Ovejero la conozco hace poco, aunque la conozco desde hace mucho. Llegué a ella a través de mi amigo el poeta Boris Doval, su compañero de vida. Así pude conocer a sus hijos Camilo y Estani, a su hija Aimé, y a sus nietas, Luna y Mora. Una familia hermosa: llena de arte, lucha y amor. Una vez, hace bastantes años, nos cruzamos en Flores. Ella cantaba, yo leía. Últimamente nos juntábamos a comer algo rico y charlar, con Ione, Daniela y el niño mágico. Espero que prontamente vuelvan las juntadas. Mientras tanto, le pregunto algo.

¿Qué recordás de tus primeros encuentros con el arte?

Mis primeros contactos con el arte, más específicamente con la música, fueron cuando yo era muy chiquita. Vivíamos en una casa en Villa Devoto, y mis viejos tenían una radio de esas tipo capillita, esas radios grandes de madera, eléctricas, y la música que se escuchaba era música en inglés: Nat King Cole, Mahalia Jackson, los Plateros. Yo escuchaba esa música que era lo único que se escuchaba y la disfrutaba un montón a pesar de que era en otro idioma y yo no lo entendía, primero porque era muy chiquita y segundo porque no estaba en condiciones de entender, salvo con el sentimiento y la sensibilidad.

Después de un tiempo, cuando mi viejo empezó a comprar discos de tango y de folclore, compró un tocadisco Winco, y ahí conocimos lo que era la música profundamente popular. El folclore me relacionaba con mis raíces, mis orígenes, porque mi viejo era de Jujuy, mi mamá tucumana, mi abuela santiagueña. Estaba íntimamente ligado con nuestra historia familiar. Conocer el paisaje, los aromas, las comidas, todo eso está volcado en el folclore, que es un género muy rico, no es sólo lo que se muestra en los medios. Hay tremendos poetas. Autores que tenían una poesía muy profunda.

¿Cuándo empezaste a cantar?

Me acuerdo que aprendía las letras de los tangos y de las canciones folclóricas con una gran facilidad. Cuando tenía 4 o 5 años, me había aprendido entero el tango “Fumando espero” (risas). Era increíble, la facilidad que tenía para aprenderme las letras de memoria, y las melodías, impresionante. Un oído espectacular. Obviamente que eso uno lo va perdiendo con el tiempo, pero en ese momento era como un hallazgo, ¿no? Descubrir que era lo que me gustaba, lo que me hacía feliz: escuchar música y cantarla. Era eso y estar en contacto permanente con gente que venía a casa y tocaba instrumentos, no solamente de Argentina. A esa casa de Devoto venían unos señores italianos que eran amigos de mi viejo. Cantaban canciones italianas, tocaban la mandolina. Era muy lindo tener la música en casa. Escuchar a los músicos en vivo, en un patio, hermoso. Y después… mi viejo se había hecho amigo de unas maestras que también venían los domingos a casa de visita, y tocaban charangos, quenas, sikus, y llenaban la casa de alegría. Era como una forma de vida ya, esa cosa de la música incorporada a nuestro cotidiano, a nuestros fines de semana, que era cuando estaba mi papá…

Esos fueron mis primeros contactos. Luego vino la adolescencia, con Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, algo de José Larralde, donde yo paraba mucho la oreja. Y después todo lo que es la época de los 70, Víctor Heredia, César Isella, León Gieco en sus albores… Era como un gran encuentro, con la música.

¿Cómo fue que te comprometiste con la militancia?

Y la música también es política. Entonces estaba íntimamente relacionado con lo que es el interés por la política. Que en ese momento uno por ahí no se daba cuenta de qué era la política. Yo era adolescente, muy jovencita, pero las vivencias… mi viejo había sido sindicalista en Tucumán, con serios conflictos por defender a los obreros del Ingenio. Creo que era el Ingenio “La esperanza” donde él trabajaba, que cuando cayó era delegado sindical. Estuvo dos veces en cana. Claro, nosotros nos criamos con esa historia de mi papá, como militante político y como peronista. De hecho cuando cayó Perón a mi viejo lo dejaron sin laburo.
(continuará…)

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