27 enero, 2021

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Diego Armando Maradona: El sueño del pueblo

Diego Armando Maradona: El sueño del pueblo

Por Ariel Guallar |

Recuerdo especialmente el primer mundial y el último mundial que viví con Maradona. El primero allá por el año 1986. Yo era un niño de apenas 5 años y vivía en una casa alpina que daba a dos calles de tierra, que se llamaban, muy literariamente creo, “Facundo” y “Los recuerdos”.

Tengo grabada en la memoria la tarde en que jugaba allí, corriendo por el pasto, saltando zanjas acompañado por mi perro Orejas, mientras por la radio se escuchaba la final de Argentina contra Alemania Federal. Las noticias llegaban a través del viento, el viejo aire de aquella época, como voces aisladas, como autos que pasaban muy de vez en cuando, levantando el polvo del camino.

Diego Armando Maradona, creo, fue después de la vuelta de la democracia quien le devolvió el color a un tiempo que se venía viviendo en blanco y negro. Los 70 eran en blanco y negro. Un tiempo en donde podía ocurrir que desaparecieran treinta mil personas y la sociedad mirara para otro lado. Después de aquella tragedia infinita, Maradona le dio al pueblo una alegría mágica, sacada de la fuerza de voluntad y el talento único de un pibe que emergió como una luz increíble, del barro de la marginalidad.

Cuando se supo que éramos campeones, ese invierno de 1986, salimos con mis viejos, y mi hermano, que era un bebé de 4 meses, a tocar bocina arriba de un fitito, en caravanas que se extendían por las calles céntricas y las calles aledañas de una localidad del oeste. Se agitaban banderitas celestes y blancas, y las caras habían recuperado la sonrisa. Hay mucho que decir sobre esta gloria que Borges no llegó a ver, ni a oir.

Recuerdo también el mundial del 90, cómo lo viví con más intensidad, mirando por primera vez los partidos por la tele. Lo que era verlos y salir a la calle a charlar con los pibes del barrio. El álbum de figuritas, los partidos en la calle, jugados con el ánimo y la magia inagotable de Diego. El amargo sabor de la derrota más dulce jamás probada, luego de una increíble supervivencia. No me olvido tampoco del 94 y su genuina esperanza renovada. Sus destellos de gloria. Y su desenlace infeliz y burocrático.

Pero recuerdo especialmente el último mundial, con el Diego como técnico. Me caía bien con aquella barba, le daba un aspecto más “sabio”. Y cómo renovaba la ilusión. Creo que elijo este mundial porque fue el último que vi con mi viejo. Él también se llamaba Armando, como mi abuelo. Recuerdo esas mañanas (algunas posteriores a noches de imprudente celebración anticipada), viendo los partidos en el living de casa, disfrutando los últimos festejos, los últimos abrazos, antes de la decepción final. Como dijo Hemingway: “nada que empiece bien puede tener un fin dichoso”. Así fue.

Los mundiales nunca volvieron a ser lo mismo sin el diez. La ilusión como la conocimos, no volverá jamás. El fútbol nunca alcanzará otra vez ese auténtico milagro. Pero algo es seguro: el niño humilde que se proyectó sobre la realidad, moldeándola y expandiéndola como un cometa incontrolable, jamás será olvidado. Pero seremos nosotros, quizá, la generación que lo vivimos, quienes entenderemos un poco más su medida inexplicable. Su unión indisoluble con nuestros recuerdos. La simpatía que nos generaba a algunos por su admiración por el Che, por Cuba, por Fidel, por Hugo, por Latinoamérica.

Hoy es un día triste, sí. Pero algo es seguro: Diego Armando Maradona impulsará siempre el sueño del corazón del pueblo.

Ariel Guallar, Castelar, 25 de noviembre 2020

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