23 abril, 2021

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La República de la muerte

La República de la muerte

La marcha del 27F, organizada por la oposición mediática y por el macrismo como su brazo político, volvió a mostrar sin disimulos ni metáforas lo que verdaderamente moviliza a un sector de la sociedad: el odio, la intolerancia, el deseo de eliminación del adversario, la muerte.

Por Gonzalo Zurano (@zuranog) |

Como siempre, la campaña de “autoconvocación” de la marcha, incluía llamados a defender la República, por los valores democráticos y, esta vez se sumaba la indignación por el escándalo de la vacunación de un grupo de personas, por fuera del circuito oficial -hecho repudiable que fue castigado por el presidente Alberto Fernández”-.

También como siempre, en las distintas reuniones de opositores en la vía pública, volvimos a ver mensajes que nada tienen que ver ni con esa República, ni con la democracia, ni con el derecho a expresarse. Lo que se vio fueron bolsas mortuorias con el nombre de dirigentes políticos, de derechos humanos, sindicales, e incluso con la genérica mención a la organización política La Cámpora.

Esas bolsas simbolizaban los cadáveres de las personas que no obtuvieron sus vacunas porque estas fueron aplicadas a esos dirigentes.

No hubo metáfora que escondiera la amenaza y el deseo de muerte en el caso del ciudadano que fue con una horca, o las señoras con carteles que rezaban “por una patria sin kristina”.

 

La incoherencia o casi graciosa heterogeneidad de los reclamos se vio en la presencia contradictoria de carteles que denunciaban “el negocio K de la vacuna Sputnik” y los que reclamaban que “devuelvanme mi vacuna”.

Pero básicamente, lo que queda expuesto es cómo en la última década, esa oposición mediática y su representación política lograron sumar a las manifestaciones públicas a una franja de la sociedad que no solía tener contacto con las formas de manifestación democrática, con el debate público y con la participación en la vida política. Sumada ahora por el influjo satelital, el marketing y las frases cortas y punzantes diseñadas en tiendas de “coaching”, estas personas se lanzan a la calle -con el derecho que tiene cualquier ciudadano o ciudadana a hacerlo- y lo hacen con toda la sinceridad que les falta a quienes manejan los hilos de la obra.

Quienes no querían la vacuna y denunciaban que las medidas de cuidado eran un avance del Estado sobre sus derechos; quienes estuvieron meses boicoteando el aislamiento; quienes obstaculizaron la campaña de vacunación, llegando al ridículo de denunciar al presidente por envenenamiento; quienes como oposición política no aportaron una sola propuesta, no apoyaron al Gobierno en ninguna de las gestiones para conseguir vacunas y fueron mudando de laboratorio sus sospechas y su indignación ante cada buena noticia para la sociedad; quienes quisieron promover el contagio y quienes apostaron al colapso de un sistema de salud, que nunca llegó gracias a los enormes esfuerzos del Gobierno. Ellos y ellas, ayer volvieron a dejar en claro que no tienen límites.

Lo peligroso de la marcha de ayer, es que se naturalicen las expresiones de odio en el contexto de la protesta política. No está bien y no es democrático manifestarse a favor de la muerte de un adversario político -se piense lo que se piense de ese adversario-, no está bien y no es democrático colgar bolsas mortuorias en la reja de la Casa Rosada, ni llevar una horca a una manifestación, ni rodear la Quinta Presidencial de Olivos. Puede que no lo sepan, muchas de las personas que por primera vez en sus vidas se movilizan gracias al incentivo comunicacional que antes demonizaba la participación y la movilización. Pero si lo saben quienes inyectan ese odio día a día, hora a hora y minuto a minuto. Lo saben y lo tensan, lo llevan al límite. Porque la verdadera oposición, en nuestro país, no es democrática. Tiene algunos partidos políticos que representan sus intereses, que funcionan como sus voceros o sus gestores, pero ese poder real y concentrado de nuestro país al que hoy le toca ser oposición, no respeta ni piensa respetar la voluntad popular.

No se puede, en nombre de la República reivindicar la muerte, sembrar el odio, despreciar la democracia. Todos los partidos políticos de nuestro país tienen el deber de no naturalizar mensajes como el de ayer, tienen la obligación de proteger el sistema democrático. Incluso esos partidos que representan a quienes lo violentan una y otra vez.

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