
Hoy me levanté y una de las primeras cosas que supe es que Paul Auster había muerto. Me avisó mi hermano, en medio de otras cosas mucho más importantes. Pero para nosotros rápidamente Paul Auster entra en lo más importante. Y mientras preparo mi desayuno de mediodía percibo que me invade una tristeza imprevista.
En los últimos años oscilo, entre la insensibilidad y la hipersensibilidad. Y pensaba que iba a salir ileso de esta. El tema es que se me vinieron encima los libros y las películas, las caminatas por Brooklyn que hicimos con Paul, los cigarros que nos fumamos y dejamos de fumar, los extraños personajes que perseguimos, las esquinas que fotografiamos mil veces hasta revelar su último detalle, el piso que dejamos abajo, lejos, cada vez más lejos, cuando nos echamos a volar.
Mientras se hace el café -mezcla de los últimos tres cafés viejos que me quedan- voy buscando como puedo los libros de Auster en la biblioteca. Desparramo sobre la cama de mi hijo la primera barrera de libros acumulados y paso a la segunda trinchera, donde están los que leí hace más tiempo.
El primero que encuentro es El libro de las ilusiones, que me recomendó Claudio, y que fue mi último Auster, el año pasado. Para mi sorpresa, me llevó dos meses leerlo (y eran dos meses de verano), y si bien me ilusionaba antes y luego no cumplió del todo, me dejó la querible fantasmagoría de Héctor Mann, estrella de cine mudo que un día –a lo Salinger- decidió desaparecer para siempre del firmamento. Persisten imágenes mentales de un bunker en Vermont, rodeado por los árboles, donde un escritor arruinado por una desgracia familiar se decide a transformar el enigma en misterio, y se deja llevar por una chica con una marca de nacimiento en la cara y un revolver en la mano.
Pero lo que quería encontrar es un libro que nunca tuve. O más bien sí, pero por poco tiempo. Recuerdo y recordaré para siempre esa noche que se cortó la luz en la casa de mis viejos, cuando tenía veinte años, aún vivía allá, y me leí toda La música del azar a la luz de unas cuantas velas, terminándolo al amanecer. The music of chance, título preciso y precioso, un libro tremendo, que empieza con un tipo que larga todo y se va a manejar su auto sin rumbo, recorriendo el país, sin imaginarse todo lo Beckett que le espera.
Buscando una cosa y encontrando otra, me cruzo con La noche de oráculo. Veo en la primera página mis antiguas anotaciones, y compruebo que casi no recuerdo nada de esta novela. O que tengo recuerdos mezclados de otras ficciones de Auster. Veo el precio anotado con lápiz en la esquina superior derecha: $25. Eso me trae casi tanta nostalgia como la historia que me cuesta recordar, diría Pessoa.
Poco a poco van apareciendo entre el desorden, y la siguiente es El palacio de la luna, una novela buenísima, de las primeras que leí de Auster, donde un hombre solitario y perdido mira por las rendijas de la ventana un singular cartel en el edificio de enfrente. Me quedo prendido del detalle luminoso y me pregunto si no será de la trilogía de Nueva York. Aun así, avanzando entre la niebla del recuerdo, veo al protagonista rodeado de cajas de una mudanza que no se atreve a abrir, y que empieza a convertir en un “mobiliario imaginario”. Escenas que no se te van de la cabeza. Abrojos, diría Alfredo. Y ahora sí, lo pesco en la página 27, el cartel luminoso sigue ahí. Y me voy dando cuenta, mientras lo hojeo, que El libro de las ilusiones es una reescritura de El palacio de la luna.
Descubro, finito entre otros libros de literatura anglosajona, El cuaderno rojo. Y me conecta, en mi recorrido de asociaciones, con otro bello librito de Auster: La historia de mi máquina de escribir, que leí, disfruté y obsequié. Y hablando de libritos, otro genial: El cuento de navidad de Auggie Wren, que me regaló Ana hace mucho tiempo y cuenta la historia de la cámara de fotos de la imperdible película Smoke, que luego continúa con Blue on the face. Y ya que estamos, si a alguien le queda corazón, que vea Lulu on the bridge. Films que Auster escribió y dirigió, en parte y totalmente. (No me puedo despachar tan rápidamente con Smoke y regreso a Harvey Keitel y lo veo sonreír y charlar con William Hurt, igual que como charlamos nosotros con nuestros buenos amigos).
Viajo a La ciudad de cristal, que le presté a alguien alguna vez y nunca volvió. Y resurge el Sr. Quinn, a quien una llamada telefónica cambia su vida, cuando se decide a atenderla y, a pedido de un tal Paul Auster, se convierte en detective, otra vez. Salvaje, lo aprendió Bolaño, y lo aprendimos todos, siguiendo a Peter Stillman, quien, pese a todo, sigue siendo humano. La intriga se extiende con Fantasmas, y La habitación cerrada, y cuando nos queremos dar cuenta, nos devoramos la trilogía.
La sucesión de libros puede ser interminable. Aparecen Leviatán, Mr. Vértigo, y tantas más. El café se termina, tomo el último trago ya frío, y noto, mientras escucho “Why try to change me now” por Fiona Apple, que la sensación de tristeza no desapareció. Tal vez sea por la última mala racha de Paul, tal vez por todas las páginas leí y olvidé, tal vez por los 142 sicarios (y tantos más) que ayer le dieron una puñalada más al pueblo argentino, tal vez por la confusión que tiene la gente que no se entera de nada, y que jamás leerá estas líneas.
Por acá, queda volver a los libros, a las películas. A los recuerdos felices, a las novelas de Auster que aún no leí y que leeré con otra melancolía, no pensando ya que publicaba demasiado. Y medito, ahora, a la pasada, que lo que a menudo nos mantiene con vida son las historias que escribimos, y las que, todavía, podemos escribir.
A.G.

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