27 julio, 2026

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Los ojos del revolucionario aquél aún brillan

Los ojos del revolucionario aquél aún brillan

Por Pablo Nolasco Flores |

Para nosotros, Paco, la alegría era muchas cosas de cada
día; la compañera, el hijo y el nieto, un truco un verso, una
ginebra. Pero más que nada era un certidumbre permanente,
como una fiebre del día y de la noche que nos hace creer que
vamos a ganar, que el pueblo va a ganar…
Rodolfo Walsh, carta a Francisco Urondo, 1976

Mirta llegó a su trabajo como todos los días. Era una tienda de ropa sobre la calle Belgrano, al lado del viejo cine Achaval, en Morón. Ingresa un hombre. Aparentemente quería comprar un pantalón. Una de las empleadas se acerca para atenderlo, pero él la detiene y dice:

—No, quiero que me atienda ella. Señalando a Mirta.

Mirta se acerca, lo atiende. Le muestra un pantalón. El hombre la mira y le dice:

— Soy compañero de Hormiga y quería saber si se sabe algo.

La mujer, sorprendida, responde:

— No. No sabemos nada.

El hombre se retira del local sin comprar nada y se esfuma entre la gente que miraba vidrieras por las calles de Morón. Mirta no supo su nombre.

Era la primavera de 1976. Hormiga es la pareja de Mirta. Su nombre es Oscar Arquez y en la madrugada del 17 de septiembre fue llevado por el grupo de tareas número 100 de su casa en la calle Baradero 1741, en lo que se conoce como la Noche de los Lápices de zona Oeste. Estuvo en la Séptima Brigada Aérea, en la comisaría de Castelar y en el Vesubio. Cree haber estado en Mansión Seré, pero no hay forma de poder confirmar su paso por el lugar.

Cuando se le pregunta por el tiempo que estuvo bajo la condición de detenido-desaparecido responde rápidamente:

— 62 días.

Hormiga es el primer sobreviviente de un centro clandestino de detención en dar testimonio. La venda en los ojos, los golpes, los simulacros de fusilamiento, el submarino y la picana eléctrica se escriben por primera vez en noviembre del 77 en la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Una máquina de escribir relata por primera vez lo que con el tiempo se confirmó con los juicios: un plan sistemático de represión ilegal para torturar, matar y desaparecer.

Olor a revolución

Oscar siempre te recibe con una sonrisa y un abrazo. Pero además siempre se lo ve con alguna prenda del club que es hincha, el Deportivo Morón. Esta vez lleva uniforme casi completo. Pantalón largo, campera y hasta ojotas rojas y blancas. Saca una caja y en sobres de papel madera fechados tiene guardados ejemplares de El descamisado, el órgano de prensa de Montoneros.

– ¿Viste lo que yo te decía? Mira, olor a revolución. Dice mientras apoya su nariz sobre las hojas amarillentas de una de las revistas.

Hormiga se dispone a contar, en primera persona, lo que ya se sabe por la historia. Los años de proscripción, la vuelta de Perón, la masacre de Ezeiza, la interna entre la izquierda y la derecha peronista, la muerte del líder, el pasaje a la clandestinidad y el terror diseminado por la dictadura militar.

Cuenta que se hizo peronista cuando cruzó el río Matanza con el agua hasta el cuello para recibir a Perón. Si el pueblo es peronista yo tengo que serlo también, pensó. Al poco tiempo empezó a militar en una unidad básica del comando de organización, el ala conservadora del peronismo. Pero él quería oler la revolución. Estaba influenciado por la experiencia Cubana y por la vía al Socialismo chileno. Entonces, al escuchar que todo eso ahí no era bienvenido, se pasó a la izquierda peronista cuando ingresó a la UES (Unión de estudiantes secundarios) mientras cursaba en el Comercial número 4 de Morón.

Hormiga escapando de los tiros en la tapa del libro “Yo fui testigo. La masacre de Ezeiza.

Al poco tiempo se convierte en un importante dirigente de la zona oeste. El trabajo que desarrollaba en su escuela era el más importante de la región. En pocos meses va sumando responsabilidades. A la par que los tiempos se acortan, también se ponen difíciles. El pasaje a la clandestinidad de las organizaciones de la izquierda peronista luego de que Perón los tratara de estúpidos e imberbes acelera el proceso de maduración de Hormiga como militante. Entre puteadas al viejo por traidor y enfrentamientos con la derecha peronista, Hormiga se convierte en oficial de Montoneros en el 75. Sin embargo, Oscar cuestiona la deriva militarista de la organización durante aquellos años. Se comenzaron a abandonar los trabajos políticos y el sostenimiento de los frentes de masa para volcarse a la lucha armada. Hormiga ya no puede ir tan seguido a ver a Morón, tiene que andar con cuidado.

Luego del 24 de marzo de 1976, se intuía lo que se venía. Hormiga sabía que en otras zonas iban cayendo compañeros de militancia y el círculo se achicaba cada vez más. Andaba de casa en casa. Pero la noche del 16 de septiembre, entrando en la madrugada del 17, mientras en la Plata se llevaban a los chicos de la noche de los lápices, Hormiga tiene los minutos contados. Lo arrancan de su casa, le vendan los ojos y lo suben a una camioneta.

La moral revolucionaria de un combatiente

Mientras Oscar es llevado en la caja de una camioneta piensa en dos cosas: la primera en inventar una historia más o menos creíble para contar en el interrogatorio. El relato tiene que colocarlo en la situación más absurda posible. Mientras piensa en el cuentito que les va a hacer, trata de adivinar el camino que va realizando durante el traslado. Esto le permite darse cuenta el lugar a donde lo llevan: la Séptima Brigada Aérea de Morón.

El primer interrogatorio fue de ablande, para ver si Hormiga estaba dispuesto a colaborar. El segundo ya no. Entre golpes y picana el interrogatorio toma otro color. Le pedían nombres. El relato de esos recuerdos se detiene y Hormiga expresa, casi como una conclusión de los hechos:

— Yo tuve la suerte de que cuando caigo tenía la moral muy alta. Eso me ayudó a mi mientras me llevaron.

Hormiga no cantó. Se siente orgulloso de no haberlo hecho y mantener firme la responsabilidad moral de cuidar a otros compañeros. Sin embargo, los militantes seguían cayendo y cuando se encontraban en los centros clandestinos de detención se reprochaban entre ellos quien vendió a quién. Con el paso de los años, los sobrevivientes fueron asumiendo que los compañeros que cantaban lo hacían bajo los efectos de la maquinaria represiva de la tortura. Porque lo que querían era eso, quitarle la humanidad a las personas, reducirlos a objetos de maltrato y desprecio.

Hinchada de Morón, hinchada peronista, hinchada montonera

Cuando la militancia se puso áspera, Oscar iba a la cancha cuando podía. Entre reunión y reunión, entre cita y cita, transitaba el viejo Francisco Urbano. Al recuperar la libertad estuvo un año sin ir a la cancha. Todos los que lo conocían sabían de su militancia. Querían saber cómo estaba. En el 78 él tenía la práctica habitual de andar con aerosoles por la calle y cuando encontraba una pared blanca escribía consignas relacionadas con la aparición con vida de los desaparecidos. Un viernes por la tarde, Oscar va a la casa de Willy, un pibe de la hinchada, y hace una bandera de tres metros por dos. La bandera decía: “aparición con vida ya”. Caen cerca de quince muchachos de la banda y cuando ven la bandera se da la siguiente charla:

— Mañana la ponemos en la cancha. Dice uno de los muchachos.

— No. Grita Hormiga.

— Si, mañana la ponemos en la cancha.

— No boludo. Si te ven poniendo esto en la cancha sos un desaparecido más. No. Esto no lo podés poner.

Después de idas y vueltas. Hormiga no encuentra más opciones y acuerda con la propuesta de los pibes de la hinchada de Morón. Pero pide hacerse cargo de la preparación del operativo.

La idea era enrollar la bandera, colocarle dos palos de escoba en la parte de abajo, y unas cintas largas cosa de que al tirar ellas la tela se suelte y con el peso se logre desplegar. El día del partido se prepara la bandera detrás del arco que daba a la calle Brown. Cuando salen los jugadores, el grupo de hinchas van hasta el alambrado, tiran de las cintas y se despliega la bandera. En cuestión de segundos, la policía intenta sacarla. La hinchada quiere pelear y evitar que se la lleven. Pero Hormiga ya estaba satisfecho:

— Qué se la lleven, qué se la lleven. El hecho ya está. Qué la saquen ellos.

Mientras dos policías se subían al alambrado para quitar la bandera, desde la tribuna se empieza a cantar la marcha Peronista. Luego se sumaron los de la platea y de la tribuna visitante. Ese fue el primer gesto en una cancha de fútbol argentino contra la dictadura militar. Hormiga comenzaba su resistencia por otros medios.

Cerrar un círculo para abrir otros

En 1996, al cumplirse veinte años del golpe militar, en la plaza de Morón se reúnen ex detenidos desaparecidos, familiares y amigos para colocar una placa que recuerda a las víctimas por razones políticas. Entre los asistentes, una chica lleva una pancarta con la foto de un hombre. Mirta la ve, se emociona y grita:

— ¡Él! ¡Él fue al negocio!

Después de casi veinte años Mirta reconoce a la persona que le preguntó por Hormiga aquella primavera triste del 76. Se acercan, Hormiga ve la foto y lo reconoce. Era Gabriel Ernesto Rodríguez. El negrito está desaparecido desde el 25 de febrero de 1977. Militó junto a Oscar en la UES. Se cerraba un círculo que había empezado a ampliarse hace veinte años. Pero todavía quedaban cosas por saldar. La hija del negrito estaba obsesionada con saber si su papá era tan perfecto como su abuela y sus familiares decían. Ella necesitaba saber el lado humano de su padre, tenía la urgencia de encontrarse con alguna equivocación. En un asado celebrado entre los ex detenidos y los familiares de los desaparecidos, Hormiga se despachó con una anécdota que lo involucraba a él y al negrito: el día que se gastaron toda la plata que la orga les dio para sostener la actividad militante de la semana. Se habían quedado sin un peso por apostar a los caballos en el Hipódromo de San Isidro. Después de la anécdota, la hija estalla con una sonrisa. Como una especie de desahogo, de tranquilidad, por saber que, a pesar de que su padre se jugó la vida por una causa, también se mandaba cagadas como cualquier persona.

El olor a revolución de las revistas El descamisado que Hormiga guarda.

En septiembre, Hormiga visita escuelas contando su historia. Dice que le sirve como terapia, porque la palabra sana. Por eso siempre tuvo la necesidad de contar. Él no se siente una víctima. Víctimas fueron los pibes de Malvinas, dice.

— Yo me convertí en militante porque lo sentí. Nosotros hicimos algo, quisimos cambiar la sociedad, luchamos por eso, por una patria mejor. Cometimos errores, pero lo hicimos conscientes, sabiendo lo que queríamos y lo que no.

Hormiga es un faro moral para las generaciones de militantes que surgieron en los 90, luchando contra los indultos y escrachando las casas de los militares. Pero también para los que vinieron después, los que se formaron al calor de los juicios que le dieron perpetua a los genocidas. Le tiemblan las manos cuando te acerca el mate. Le brillan los ojos cuando habla de sus compañeros de militancia. Se lamenta porque ya no están. Dice que el presente por momentos le pega duro. Pero él educa con el ejemplo. Por eso es uno de los primeros en llegar a cada reunión y actividad de la Coordinadora de Derechos Humanos del fútbol argentino. Es el que más abraza y ríe. Es el más termo cuando de cargar al equipo rival se trata. De nuevo le brillan los ojos. Pero esta vez cuando habla del cariño de sus compañeros de la militancia del presente. Esos que lo esperan, lo abrazan y lo cuidan.

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