
Por Gonzalo Zurano |
«Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros».
Con estas palabras Juan Rulfo comienza su relato Nos han dado la tierra, que abre el libro El llano en llamas. El relato lo escribió a comienzos de la década del 40 y se publicó en 1945 en la revista Pan de Guadalajara. El libro aparecería en 1953.
En aquel conjunto de relatos Rulfo lleva al extremo la práctica de la economía del lenguaje. Su escritura es seca y potente, sin florituras ni búsquedas pretenciosas. Sus personajes hablan lo justo y necesario. Brillan en un silencio manejado con maestría de campesino errante. Pero, además, en este relato Rulfo expone la desilusión y la amargura campesina ante una supuesta revolución que le entrega a su pueblo las tierras áridas e infértiles, porque las buenas son de otros: el latifundio.
Puede que existan pocas cosas que apunten al corazón de la política y los modos de organización de las sociedades como la tierra. Quién tiene la tierra, quién decide sobre la tierra, quién la explota, y qué pasa con quienes la trabajan. Todas esas preguntas o discusiones han signado la historia de nuestro país (como la de otros, por no decir todos). Desde los remates en el patio de los Bullrich de aquellas tierras arrebatadas a fuerza de masacres y sangre originaria, los fusilamientos en la Patagonia, pasando las dictaduras militares, el aislamiento de pueblos enteros en la era privatizadora y llegando al auge del ceo-feudalismo tecnológico. Sin olvidar, claro, los lagos más descubiertos que escondidos, donde se hacen las fiestas orgiásticas del poder real de la tinta y la balanza.
A nosotros nos toca asistir a la lucha por la tierra en esta versión actual. Los que vienen por ella son foráneos. Potencias que no llegan en buques de guerra sino con grandes servidores y centros de datos. La nueva colonia no quiere establecer fuertes y levantar monumentos sino plantar Clústers de supercomputación bien refrigerados.
Todo esto que hoy se debate no podría siquiera plantearse, no llegaría a ser ni un atisbo de intención sino encontrara hermosas almas locales dispuestas a trabajar para ello, dispuestas a vender lo que no se vende, atentas al mordisco que puedan meter, pero sobre todo dispuestas a representar al nuevo latifundio que ha encontrado su sueño imposible: Un paìs con grandes extensiones de tierras, con todos los recursos naturales que en el mundo escasean y con un gobierno que los recibe sonrientes y que regala todo sin que le transpire una gota de vergûenza.
Pero también nos toca asistir, una vez más, a otro capítulo de la resistencia de un pueblo que tiene sus límites. Si, es el mismo pueblo que eligió a un panelista de TV con evidentes dificultades para comunicarse y claros desórdenes de otro tipo para que guíe sus destinos. Hay un límite. Es la tierra.
«Contra lo que no se puede, no se puede» dirá el narrador del relato de Rulfo, haciendo referencia a la tierra seca donde es imposible sembrar nada, pero también aludiendo al poder y al absurdo que representaba la pelea desigual en aquel contexto.
Lo cierto es que a veces se puede. Se pueden frenar los capítulos más aberrantes de la entrega. Se puede pelear para ganarle a los entregadores. Se puede soñar con la construcción de una sociedad más justa, donde se discuta también la propiedad de la tierra. Llegar a ese pueblo, donde ladran los perros y no está dicha la última palabra.
Imagen: Nos han dado la tierra IV de Arturo Elizondo

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