
Por Luis “Cacha” Gambino |
Son sesenta años yendo a la cancha. Aún conservo aquellos recuerdos junto a mi abuelo y mi tío. El ritual con los chicos de la cuadra antes de entrar, la felicidad por tocar con la punta de los dedos una bandera, compartir tribunas con hinchas rivales y las particularidades de un deporte que inexorablemente cambió.
Mi primer recuerdo de un estadio es en el Viejo Francisco Urbano, lógicamente. Allí fui con mi tío, tenía siete años, sé por la historia que Morón le ganó 3 a 0 a Excursionistas en mayo de 1962. Íbamos a la tribuna que daba a los Tribunales, cuando todavía no había platea, al sector derecho más próximo a la calle Brown.
El ritual era jugar a la pelota con los chicos en la vereda, éramos seis o siete. Jugábamos un rato y después entrábamos a ver el partido. Llegaban los visitantes y nos cargábamos, cosas a nivel básico, chicos de ocho y nueve años hablando con tipos grandes. Quedaba todo ahí, todos muertos de risa.
Después empecé a observar y a mirar con más atención los partidos. Ahí empecé a ir a la cancha con mi abuelo, ya estudiaba de memoria equipos y jugadores, tenía mayor interés. Una vez nos fuimos hasta la Isla Maciel a ver San Telmo contra Morón. Era el año 63, ganó San Telmo 5 a 4. Tengo la imagen de los jugadores del Gallo abrazándose festejando el primer gol del partido.
Lo recuerdo porque nosotros estábamos en la tribuna de San Telmo, la única popular que había en el estadio. Compartíamos el espacio pero no pasaba nada, terminaba el partido y nos volvíamos tranquilos a casa. No ocurría absolutamente nada. Para los más chicos era una aventura ir a la cancha, la realidad es que nunca había problemas.
Uno esperaba toda la semana el sábado para ir a ver a su equipo y después comentar las vivencias el lunes en el micro que nos llevaba a la escuela. La felicidad era estar en la popular y tocar un pedacito de bandera, aunque sea unos segundos. Esperabas que la hinchada desplegara el telón para tocarlo aunque sea con la punta de los dedos. No había riesgo. Llegaba a casa, mi vieja no me decía nada y aparentemente estaba todo bien.
Me acuerdo cuando en cancha de Platense se jugó un cuadrangular con Quilmes, Chicago y Morón. Fue un torneo relámpago donde durante el día convivieron las cuatro hinchadas, cada una en su sector. Hoy eso es impensado, cambió todo. Terminaban los partidos, salías a comer algo y pegabas la vuelta.
El deporte lógicamente cambió mucho, aquel era otro fútbol. Por empezar no había cambios, Se te lesionaba uno y chau, jugabas con uno menos todo el partido. Los equipos jugaban 4 – 2 – 4, como Brasil en el Mundial 58, se plantaban con cuatro delanteros. Todos atacaban, era como el metegol, ver un cero a cero era muy raro, excepto los partidos que se jugaban mal.
Para los visitantes rescatar un punto afuera era muy difícil. Había que ganar en canchas de equipos grandes de ascenso como Chicago, Almirante, Quilmes, Tigre, Morón, All Boys. Empatabas y te ibas feliz de la vida.
Tantos años de cancha, ver pasar tantos equipos y tantos cambios en el deporte más lindo de todos, te hace pensar que cómo si fuera la pelota misma, la historia sigue rodando, la historia siempre es redonda.
* Nota publicada en la edición de septiembre de El Cactus – Noticias del Oeste en su versión papel. Podes leerlo y descargarlo acá

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