07 febrero, 2023

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Suburbano y cultural

Suburbano y cultural

Conocí a Maxi Sambucetti hace poco, cuando invitó a leer a mi amigo Hernán Dapueto a su movida de letras y música, en el Centro Cultural Maradona. Charlamos un toque, intercambiamos un par de cuentos, y aquí estamos. Yo le pedí si me tiraba algunas pistas para presentarlo pero, como le salió redonda, transcribo aquí su propia presentación: Maxi Sambucetti. Del 78. Cultor del amor a la zona oeste y a todo lo que pase en lo que rodea a las vías del Sarmiento. Escribo desde chiquito. Una mamá poeta, y un papá amante de los policiales, que lo llevan a los tugurios de borrachos en Villa Domínico, donde se lee poesía toda la noche, me hizo amar el naturalismo. Por eso luego Maupassant, Flaubert, Hugo después, y todos los amigos “del 80′”. Siempre los rusos, su tristeza es mi tristeza. Su frío es mi alma. Organizador de ciclos literarios desde hace 20 años. Hoy es el Suburbano Cultural. Actualmente, leo argentinos y contemporáneos. Sigo viviendo e intento respirar. Para poder contar. Por mi parte, no mucho más que agregar: un tipo macanudo, tranquilo, de los que pocos hay. Por eso compartimos aquí dos relatos suyos: para empezar a leerlo, para seguir abriendo el juego. Como buen narrador, Max sabe bien que todo cuento cuenta siempre dos historias.

Ariel Guallar

El pozo

 

En el pozo ya casi no se puede dormir. Además del frío, que en invierno alcanza temperaturas bajo cero, el pozo pareciera tener una moledora de riñones, tan buena y tan perfecta, que a veces no dan ganas de levantarse con tal de distraerse en la somnolencia de los consabidos dolores.

En el pozo se duerme, eso sí, ya que a ese fin fue construido. 

Cuando el reloj marca las 23.30hs, como si fuera yo una princesa ansiosa que no se aguanta las doce campanadas para huir perdiendo el zapato, abandono lo que sea que esté haciendo y me meto en el pozo. Allí dentro, seguro, está mi mujer, a la que apenas entreveo y cuyo rostro he ido olvidando. 

Tanto pozo compartido y tanto tiempo en el pozo nos ha favorecido: somos testigos privilegiados  del movimiento imperceptible de sus placas tectónicas, que han cincelado sobre la superficie del pozo una suerte de mini cordilleras, aristas y desniveles, que se interponen entre nosotros, hasta el punto de que a veces se torna difícil darnos la mano.

Si hay alguien que respeta el pozo y se centra en su funcionalidad, esa es mi mujer. El pozo está hecho para dormir. Ella, cuando se acerca la hora, ni bien lo avizora, se adentra en la profundidad y sueña; o hace que sueña, porque habla, y las cosas que dice son cosas de sueños. Y entonces yo pienso que duerme, y creo, o me hago creer, que así debe ser. 

Hubo un tiempo en que el pozo no era tan hondo, entonces conversamos, íbamos al cine o nos besábamos, cualquier cosa hacíamos para demorar la entrada.

Pero el pozo, como todo pozo, hace de pozo. Sin un sentido pierde su cometido. 

Un pozo, al igual que todo abismo, pretende lo eterno; al igual que todo abismo, si no es hondo y profundo y terrible, un pozo no es pozo.

Por eso nosotros, mientras “más pozo se hacía” más lo tributábamos, y nos introducíamos ceremoniosos noche tras noche en él. 

Con arresto y con horror, hicimos del pozo “todo un pozo”. Un pozazo del que costaba incluso salir a mear: oscuro, resbaloso, húmedo, sofocante. Para que el pozo sea “bien pozo”, hemos dado mucho de nosotros.

En el pozo cada quien se arregla como puede, no por falta de solidaridad, sino que, para que el pozo estalle en su plenitud, es condición la soledad, aunque compartida, pero soledad al fin. 

Cuando era más joven me dejaba llevar y me jactaba de no tener horarios ni saber en qué día vivía. Era un hippie con guitarra que andaba libre por los caminos. Si veía al costado de la ruta gente con pozos me compadecía de ellos y les cantaba una canción. La gente con pozos es muy agradecida, son excelentes chefs y grandes oradores. Sus conversaciones exquisitas nos remiten a lo hermoso de la vida y dan ganas de pasar la noche enterrados con ellos para disfrutar a rienda suelta. Claro, eso visto de afuera. Una vez dentro del pozo, no hay lugar para muchos y uno debe adaptarse a la geografía con el cuerpo y con el alma, con la vida. 

No cualquiera es digno de un pozo. Yo nunca imaginé que iba a tener uno, que iba ser pozo como mi esposa, que ya es poza. Nunca imaginé estos dolores y esta vida de espaldas endurecidas y cuerpos atormentados que estamos llevando. 

A veces cuando ella sueña yo la escucho hablar y trato de soñar con ella. Me sueño acostado sobre heno, con el mugido de vacas felices de pasto tierno. Me sueño con ella, con sol tibio, sin relieves ni aristas; me sueño de la mano, con la boca húmeda de besos, tocando una guitarra y cantando una canción. 

Últimamente ella está cansada del pozo. Me dice que me deje de joder y que compre un colchón como la gente. Dice que este tiene los resortes rotos y que un buen día se va saltar uno y nos va a perforar el riñón. Dice que ya aguantó bastante, que este ya ni forma tiene de tan deforme. Que son años con el mismo colchón y que además ya era usado cuando lo compramos.

Pero a mí no me engañan, yo sé muy bien que no es el colchón. 

Yo sé que el pozo, que cada día está más hondo.

 

 

Grupo de pertenencia 

Se llamaba Salvador, comía manzanas, y era el tipo más triste del mundo. 

Había sido el niño mimado de su mamá, la joya de la familia. 

Hasta que creció y se hizo hombre, como nosotros… 

Con los pibes queríamos darle una mano. Había dejado de venir al fútbol, se había separado de la mujer, y, de la bodega de vinos de su familia, se había escanciado solito tantos toneles que su propio padre lo arrojó de patitas a la calle. 

Borracho y deprimido, no hacía más que decir estupideces: que el misterio de la existencia lo apesadumbraba, que las formas del amor le resultaban inentendibles… 

Pobre Salva. Apelamos a la fuerza y a la unión de nuestro grupo de pertenencia para tratar de sacarlo adelante. 

Juan le consiguió un psiquiatra, y José, un terapeuta floral. Mario, un masajista chino que le preparaba hamburguesas de Okara, el residuo de la soja. Inerte, Salva accedía a todo. Los resultados de nuestra acción indirecta: un colchón con la cama desarmada, él devorando manzanas que caían del árbol de la quinta que le habían heredado los padres; y panes, panes duros que atesoraba como un loco, y se multiplicaban absurdos a la altura de sus pies, siempre sucios y mal cuidados, exhibidos con desparpajo. 

Decía que el vino lo calmaba, así que se las ingeniaba para tener botellas baratas a medio abrir que bebía sin moverse del colchón.  

Malgastaba las horas mirando la viga de madera que atravesaba el techo, diciendo que veía gente o que sentía insectos en el cuerpo. La incerteza de su dolor le daba un aire difuso a nuestro esfuerzo. Hasta que un día nos puso hartos, y dejamos de soportar su porquería. 

¿Por qué no hacía como Santi, que a pesar de meterse el sueldo por la nariz, estaba siempre trabajando y le ponía buena cara a los malos días? ¿O como Andrés, que tenía otra familia en un barrio lejano a la que nunca le faltó nada? 

Lo queríamos normal, y por eso lo visitábamos cada tanto a pesar de las penurias que había que tolerar. Íbamos de a uno o de a dos, para que no se sintiera invadido, y lo mirábamos hundirse en el colchón cada vez más profundo, como si la goma espuma pútrida se lo comiera. 

Después en el grupo de Whatsapp, comentábamos sobre la mugre y la inmundicia que lo rodeaba. 

– Este pibe va a terminar mal- decíamos. 

– Con los quilombos que tengo en casa, encima que lo voy a visitar, y el tipo ni se levanta de la cama, qué se piensa- comentábamos. 

Me tocó a mí, encontrarlo colgado de la viga. Lloré, claro que lloré, sin embargo cuando les dije a los chicos, fue un alivio para todos. 

Por suerte encontramos mil explicaciones a la altura de nuestro esmero y entrega en su recuperación: 

Que le costó hacerse hombre. 

Que nunca pudo romper el Edipo. 

Que fue un cobarde para vivir una vida de verdad. 

Y que hasta las manzanas le habían destrozado el estómago y él no pudo con ese dolor. 

A ninguno se le cruzó por la cabeza aquella pavada de lo insondable de la existencia.

MAXI SAMBUCETTI

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