
La activista travesti y referente de la Marcha del Orgullo de La Matanza se refirió al violento episodio ocurrido en Bosques de Palermo. En diálogo con Cambio de Frente (Radio Pública del Oeste – FM 89.3), lo relacionó con la violencia de fines de los 90, pidió que la justicia esclarezca rápidamente los hechos y consideró que la sociedad argentina no es transfóbica pero si “hay mucho desconocimiento y prejuicio”.
El ataque de un grupo de ciclistas contra trabajadoras trans en los Bosques de Palermo generó un fuerte repudio y volvió a poner en discusión las situaciones de violencia y discriminación que atraviesa el colectivo travesti-trans. El episodio ocurrió en la antesala de la 35ª Marcha del Orgullo, convocada bajo el lema “Cuando el odio avanza, el orgullo en las calles es resistencia”.
En ese contexto, Florencia Guimaraes, activista travesti e impulsora de la Marcha del Orgullo de La Matanza, conversó con Cambio de Frente, programa que se emite por la Radio Pública del Oeste (FM 89.3), sobre lo sucedido, el contexto político y social y los desafíos del colectivo LGTBIQ+.
—¿Qué mirada tenés sobre lo sucedido el domingo por la noche en Palermo?
—Es un hecho que no es nuevo para nosotras. Esto nos remonta a los años 90, cuando muchas subsistíamos de la prostitución. Era algo común todas las noches en Godoy Cruz y en la calle Oro. Hoy fueron grupos de jóvenes en bicicleta, pero en aquel momento eran jóvenes en motos, coches y camionetas. También había vecinos de las buenas morales y las costumbres que salían a perseguirnos organizados.
Estamos viviendo un tiempo de retrocesos terrible. Esto no nos sorprende, pero sí nos indigna y debe indignar a toda la sociedad. Es una cacería contra compañeras travestis que tienen todos sus derechos vulnerados y que una vez más quedan expuestas a las múltiples violencias que atraviesan noche tras noche.
—¿Considerás que existe un clima de época que favorece este tipo de agresiones?
—Por supuesto que hay un discurso que habilita todas las violencias. Desde Milei, con sus declaraciones, la eliminación del Ministerio de Mujeres, del INADI y de políticas públicas destinadas a erradicar la violencia de género, hasta las medidas contra derechos de las personas travestis y trans.
Los discursos de odio institucionales no quedan solamente en la narrativa o en la violencia digital de las redes sociales, sino que después se materializan sobre nuestros cuerpos. Lo vemos en la persecución a nuestras compañeras, en las palizas, en los travesticidios y en las detenciones que siguen ocurriendo todas las noches.
Estamos viviendo nuevamente un retroceso total. Todo esto nos remonta a finales de los años 90, a la crisis, al neoliberalismo profundo y a cómo la sociedad también se iba violentando.
—Este episodio ocurre en la previa de la 35ª Marcha del Orgullo. ¿Esperás una respuesta importante de la sociedad?
—Sí, por supuesto. Primero esperamos que la Justicia actúe como debe actuar y que investigue realmente qué sucedió. También hay que preguntarse qué pasa en una zona donde todas las noches la policía no para de dar vueltas y perseguir a nuestras compañeras. Qué casualidad que en ese momento, cuando semejante multitud de pibes en bicicleta arremete contra la vida de nuestras compañeras, la zona esté liberada.
Pero también hay que hacer un llamamiento a toda la sociedad. Esto no puede quedar solamente en el horror que genera un video y después pasar. Tenemos que preguntarnos qué hacemos por las personas travestis y trans, qué trato les brindamos y cuáles son las oportunidades laborales reales que ofrecemos.
El primer responsable es el Estado, pero también la sociedad en su conjunto. Hace muchos años que venimos preguntando quiénes marchan por nosotras, quiénes piden justicia, quiénes nos abrazan y nos escuchan. También tenemos que preguntarnos qué se dice en nuestras casas y qué hacemos cuando alguien cuenta un chiste sobre una persona travesti o trans.
—En ese contexto, ¿qué importancia tiene reconstruir las redes de contención y la unidad entre las organizaciones?
—Es fundamental. Creo que hicimos una demostración el fin de semana pasado con la Marcha del Orgullo de La Matanza, donde logramos unir a organizaciones de distintos sectores, partidos políticos y sindicatos. Fue una demostración fuerte de apoyo y necesitamos que sea mucho más amplia, que suceda en todos los territorios y en todo el país.
Necesitamos una agenda conjunta contra este gobierno de hambre, miseria y desocupación, porque lo que está sucediendo nos atraviesa a todas las personas, independientemente de nuestra orientación sexual o identidad de género.
Las ultraderechas internacionales nos quieren aisladas, bajo el individualismo y la meritocracia. Tenemos que romper con eso y salir a las calles en conjunto.
Es difícil porque hay muchos focos de conflicto y se hace complejo sostener las luchas de manera masiva. Pero no es imposible. Lo hicimos muchas veces y lo vamos a seguir haciendo.
—Con todos los avances y retrocesos de los últimos años, ¿creés que la sociedad argentina es transfóbica?
—No creo que la sociedad argentina sea transfóbica. No puedo llamarla de esa manera. Creo que hay mucho desconocimiento, prejuicio e ignorancia. Necesitamos más educación y también representación política de las personas travestis y trans.
Necesitamos ser parte de la agenda política, social y emocional de esta sociedad. Que se entienda que tenemos las mismas capacidades que cualquier otra persona y que podemos ocupar otros lugares.
También hay que hablar de la hipocresía social. Los mismos que nos escupen, nos pegan o nos gritan son muchas veces quienes consumen nuestros cuerpos por la noche. Los que nos desprecian a la luz después nos buscan en la oscuridad, en la clandestinidad. Para ellos pareciera que somos un chiste o un fetiche, pero nunca personas.
Hay que hablar de la deshumanización hacia las personas travestis y trans. Y preguntarnos qué pasa con estos jóvenes y con los varones que creen que tienen derecho a hacer esto. Nadie sale con palos a cazar a otra persona porque sí. Hace falta que los propios varones digan que esto no es divertido y que no corresponde. También tenemos que preguntarnos qué se dice en las familias, qué chistes se festejan en la mesa y qué comentarios se dejan pasar por comodidad.
¿Por qué no se le puede decir a un varón en la mesa que no se ría de las travestis o de las maricas? Todo eso todavía está pendiente. Tenemos que empezar a hablar de diversidad porque las diversidades somos parte de toda la sociedad.

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