
Por Ariel Guallar |
Desde chico siempre me llamaron la atención esas semillas que vuelan por el aire como con paracaídas, y a las que podés pedirles un deseo. Suelen salir de la flor amarilla del Diente de león, cuando llega el viento.
La panadería estaba sobre la calle Chipre, frente al pasaje Creta, casual intersección de reminiscencias geográficas. En la esquina más lejana había una peluquería, donde las panaderas solían hacerse sus fantásticos peinados. Los chicos las observábamos desde la vereda. Las vidrieras reflejaban el sol, y ellas nos sonreían, media cabeza metida en unos cascos que parecían salidos de naves espaciales, mientras leían revistas de moda.
Viniendo desde la peluquería, estaba el kiosco de Temuyin, un negocio realmente notable de la época. Era uno de esos kioskos que venían de generaciones anteriores, una especie de cueva donde podías encontrar de todo un poco. Y allí estaba Temu, por supuesto, con sus gruesos lentes, y su peculiar humor. Apenas entrabas en ese pasillo rodeado de cualquier clase de artículos que colgaban a tu alrededor, te sentías adentro de un capítulo de “Cuentos asombrosos”. Si habremos comprado útiles escolares, golosinas, cigarrillos para nuestros padres, y hasta “brasileros”, “doble mecha” y demás pirotecnia para las fiestas. La verdad es que nos quedaríamos eternamente en este refugio lleno de chucherías, husmeando, inspeccionando sus puertas ocultas, pero debemos continuar. Junto al kiosko vivía el viejo Antonio “Cinco Tonos” Messina, que se decía era dueño del local. Siempre nos observaba desde la puerta de su casa, o durante sus paseos, con una mirada severa y malhumorada. Y, cuándo no, soltaba algún exabrupto en italiano.
Si seguías adelante, en algún momento creo que hubo por ahí una verdulería, o un almacén, o hasta una carnicería, no lo recuerdo muy bien. Hay calles a las que hemos vuelto tanto en sueños que se confunden con la realidad, y las imágenes se superponen, se vuelven vagas, nebulosas. Más allá había unas cuantas casas, típicos chalets de la zona. En una de ellas vivía, si mal no recuerdo, Graciela o Gabriela Alvar Núñez, que era una buena Vicedirectora de la Escuela Primaria 12, “Manuel Belgrano”. Varias veces nos perdonó una travesura. Más adelante, pasando la rotisería donde vendían el vino blanco Santa Ana, y algunas casas después, llegabas a la panadería.
Justo enfrente estaba el almacén “Angelito”, atendido por don David Jerome en persona. Y cierto que hacía buena gala de su nombre, con una altura que para los niños llegaba hasta las nubes. Y entre ellas su cabello blanco, su rostro largo, afable, al sacar con gracia y lentitud las galletitas de aquellas cajas de chapa y depositarlas suavemente en la bolsa. Junto a la puerta de dicho almacén solía estar un hombre sentado, que conversaba con los vecinos que pasaban, o con Tony Messina, o con el lechero, que tenía su negocio casi al lado.
Siguiendo la vereda de la panadería, en la esquina había una farmacia totalmente vidriada. Entrar allí era como ingresar en un verdadero santuario. La pulcritud y el orden del lugar te hacían creer que por fin habías llegado al cielo. En la puerta resplandecía una cruz verde.
Aquella cuadra, aquel pequeño centro comercial, con sus tenderos, empleados y vecinos, tenía su magia. Era un microuniverso hecho a la medida de las panaderas, de su idea, su hábitat natural, la pecera en donde nadaban como divas de cine de los años 50. Siempre arregladas, siempre bellas, siempre con una sonrisa. O quizás así queremos recordarlas.
Susana, Mónica y Betty. Susana y Mónica eran flacas y altas, pero sobre todo rubias, o mejor dicho, de cabello platinado a lo Marilyn. Nuestras propias estrellas hollywoodenses, justo a la vuelta de casa, y aún mejores. Ellas nos endulzaban las mañanas y las tardes con las más ricas facturas, a veces hasta regalando alguna con un guiño de glamour. Coquetas, perfectas, elegantes, sin la menor ínfula ni el menor gesto de desprecio para nadie, le daban un encanto especial a la panadería.
A veces la foto sale movida, o velada por el reflejo de sol. Pero si nos enfocamos podemos ver el frente vidriado del local, las dos puertas de ingreso a los lados. Al centro, las bandejas de llenas de exquisiteces, masas secas, masas húmedas, y todo tipo de manjares y confitería sobre los estantes de cristal. El interior muy luminoso, el mostrador también de vidrio. Todo allí era transparente, lumínico, limpio y cálido. Y en esta atmósfera irreal brillaban las rubias.
Y junto a ellas, Betty. Betty que era más bien bajita, llevaba el pelo corto teñido de un caoba algo furioso, y contrastaba muchísimo con las blondas, tanto por su altura como por el color de su cabello. Era también un poco más seria. Si se nos permitiese exagerar diríamos que ella te vendía el pan, y las rubias las facturas y masitas. Aun así, las tres conformaban un todo armónico en su asimetría, que explicaba a su manera el mundo, y equilibraba la panadería con un toque único.
Pero el tiempo pasó, y poco a poco la panadería, que parecía algo eterno, empezó a declinar. Lo risueño se atenuaba en la expresión de las rubias, a medida que avanzaba la década del 90. Un buen mal día de invierno ya no estaban. Se habían volado, como los paracaídas de la flor amarilla, las hijas del Diente de León, sin darme tiempo a pedirles un deseo. Tengo para mí la idea de que por algún tiempo más siguió atendiendo Betty, aunque temo que este relato adolece de no tener el más mínimo rigor histórico. Y tengo para mí que Betty trataba de sonreír, aunque fuese de vez en cuando, como si el espíritu de la panadería fluyera por momentos a través de ella, sosteniendo en destellos lo que tendía a desaparecer.
A veces, en los días grises, recordamos a Betty caminando de regreso a su hogar, cruzando la avenida Gaona. Y si la memoria no nos engaña, Betty era un poquito renga, o tenía una forma particular de caminar. Todavía me parece verla por las calles del barrio: la actriz de reparto de una película que en un momento estuvo en boca de todos, y luego gradualmente volvió a la cotidiana oscuridad, hasta ser olvidada, tapada por otras películas primero, y por infinitas series después.
Y un día la panadería cerró. Después, en algún momento a principios de los años 2000, alquiló allí, en donde había estado la vieja panadería, el actor que hacía del paraguayo Peralta en la serie Okupas. Ahora que lo pienso, ese lugar no podía escapar a su destino cinéfilo. El buen Augusto Britez mantenía al dedillo la tradición del tabernáculo, su simpatía al saludar tenía algo de la sonrisa de las rubias. Y su estilo campechano y rustico, sin dudas remedaba el aura de Betty, si nos permiten hacer de Mary Wollstonecraft Shelley por un rato.
Hoy, de aquella cuadra, de aquel ecosistema, no queda nada, ninguno de los negocios de antes. Otros comercios vinieron. Algunos locales se reconvirtieron en viviendas. Y hasta el viejo Tony Messina, yerba mala que parecía inmortal, también murió. Cómo son las cosas, que uno hasta termina extrañando aquellos insultos en italiano, aquella cara de perro proverbial que te llevaba, por un momento, a sentir que Villa Gesell era Sicilia, y que a la vuelta de la esquina podía vivir el Comisario Montalbano.
* Nota publicada en la edición de octubre 2023 de El Cactus – Noticias del Oeste en su versión papel.

Medio de comunicación autogestivo con noticias locales y de la región.
